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Refugio de Rapaces de Montejo

Fondo para el Refugio de Rapaces de Montejo de Vega de la Serrezuela y zonas aledañas

FIDEL JOSÉ, UN CORAZÓN HERMOSO Y BUENO

Ene 1, 2025

 

FIDEL JOSÉ, UN CORAZÓN HERMOSO Y BUENO

por Pedro Rodríguez Panizo

El pasado 20 de septiembre se cumplieron tres años desde que nos dejó el extraordinario naturalista Fidel José Fernández y Fernández-Arroyo. El paso del tiempo no ha logrado que su memoria caiga en el olvido. Ese mismo día, un aluvión de mensajes entrañables llenaba los grupos de WhatsApp de los montejanos. El transcurrir de los días va dando paso a unos recuerdos llenos de gratitud y a la conciencia de lo irrepetible y único de su persona. Un hecho emocionante es comprobar que todo aquello por lo que él luchó continúa gracias al entusiasmo y a la entrega de naturalistas a los que siempre se refería Fidel José como «un grupo formidable».

En la conocida parábola evangélica del sembrador, el evangelista Lucas dice que la semilla que cae en tierra buena «son los que oyen la Palabra en un corazón hermoso y bueno (kardía kalé kai agathé), la conservan y dan fruto a base de perseverancia (hypomoné)» (Lc 8,15). Ha cristianizado, de este modo, el ideal griego de la kalokagathía, que en español podemos traducir como una única palabra: belleza-bondad, propio de los hombres virtuosos (areté) que poseen nobleza de ánimo, magnanimidad; esto es, benevolencia, generosidad, clemencia, falta de preocupaciones egocéntricas y de amor a las riquezas, libertad soberana frente a la comodidad. Creo que todos los que hemos tratado a Fidel José convendremos en que su vida respondió a este ideal. En una sociedad con tan pocos referentes, seguir narrando la historia de una persona como el matemático que contaba buitres, es un deber moral que tenemos para con las generaciones más jóvenes.

Empecemos por el final, por la perseverancia, la hypomoné. Pocas personas he conocido a lo largo de mi vida con tanto tesón y constancia como Fidel José. Desde que, muy joven, despertó a la estimación del valor del estudio y la conservación de la naturaleza, puso todos los medios para poderlo mantener en el tiempo, pasara lo que pasara. Todos recordamos la anécdota de la mili, cuando su coronel le dijo que eso de los censos de buitres en un rincón de Segovia era tan extraño que debía de ser verdad, y le concedió el permiso para ausentarse del cuartel durante la temporada de cría de los carroñeros. Ni el confinamiento como consecuencia del Covid-19 impidió que realizara sus censos. Fidel José era más constante que un guepardo del Serengueti persiguiendo a una gacela de Thomson. A estos les distraen muchas veces de su trayectoria otras gacelas que se cruzan para frenarlos, a nuestro matemático nada lo desvió de su objetivo. Con una diferencia importante respecto de esas personas que van tan a lo suyo que no paran mientes en los menesterosos que les piden ayuda. Fidel José ha sido una persona generosísima con todos los que se cruzaban en su camino, nunca dejó a nadie tirado por ir cegado a lo suyo. Se lo impedía su condición de cristiano auténtico y su profunda sensibilidad ética.

 

Fidel José es un testigo de excepción de que en las cosas que merecen la pena no bastan las buenas intenciones, los fogonazos de entusiasmo que duran lo que unos fuegos artificiales, sino que es necesario ser fieles a lo largo del tiempo, superar las dificultades del camino y los cambios del contexto en el que se desarrollará la opción tomada. Nuestro matemático hacía honor a su nombre, fidelidad que extendía a las relaciones personales y al trato con las cosas. Todos recordamos con asombro cómo se acordaba de los cumpleaños de los montejanos; no solo de ellos y sus parejas, sino incluso de sus hijos. Su memoria portentosa no olvidaba un nombre con sus dos apellidos, una vez los apuntaba en su cuaderno de campo.

Su perseverancia en el estudio y la conservación del Refugio de rapaces de Montejo (Parque Natural de las Hoces del Riaza) no declinó en intensidad desde su adolescencia hasta la fecha de su fallecimiento. Cuántas veces me comentaba, en las interminables conversaciones telefónicas, que cada año se cansaba más, pero que lo mantenía en pie el entusiasmo, la ilusión incólume del primer día, el amor a esas tierras y a sus gentes. Hoy en día, que todo dura tan poco, y las personas se cansan a la primera dificultad de los compromisos adquiridos, la vida de Fidel José es un faro que alumbra la confianza en que no solo es posible, sino que, además, hace profundamente feliz y llena la vida de intensidad y sentido.


[Pie de foto página 2]: Fidel José Fernández y Michel Terrasse en el valle de Iruelas (Ávila), en una de las visitas del Curso sobre Buitres que organizó Fidel José para la UNED en Ávila (julio de 2001). Fotografía de Pablo Pérez.


Y su perseverancia iba pareja con su resistencia a la incomodidad. En esto no tenía rival. En cierta ocasión, un periodista quiso acompañarlo en los censos de alimoche, en medio del calor sofocante del verano. Subió con él al primer monte empinado para divisar desde ahí el nido del buitre sabio en la peña de enfrente. Al bajar, como no había podido asegurarse del número de los pollos debido a la fuerte luz que incidía sobre la oquedad en que se alojaba el nido, le propuso volver de nuevo al amanecer para confirmarlo, con la pretensión de regresar las veces que fueran necesarias hasta dar con el número exacto de ejemplares. El periodista le dijo que muy bien, pero que le esperaba en la base del cerro, para, finalmente, desistir de seguirlo. Su resistencia para beber poco, mal comer al final del día lo primero que sacaba de su mochila, soportar aguaceros que lo empapaban todo y embarraban caminos y sendas, dormir al raso, en una cueva o en el coche eran proverbiales. La mayoría podemos soportar esas privaciones unos días, y cuando éramos jóvenes, pero no tres meses seguidos como hizo Fidel José durante años. En una ocasión, Elías Gomis lo fotografió bebiendo del charco de una roca con la carcasa de un bolígrafo BIC del que había sacado la mina y la punta.

Con el paso de los años, Fidel José se notaba menos ágil y le costaba más el gran esfuerzo que suponían los censos, pero no por eso se echó atrás. No daba importancia a esos avatares. Era muy frecuente que, durante una conversación telefónica, te reconociera que se había caído en las ciénagas que se formaban en las colas del embalse de Linares. Y solo después de insistirle mucho y verte preocupado, revelaba el alcance del suceso: cómo tuvo que salir del fango movedizo asido con los brazos a una zarza lleno de arañazos y sangre. «¡Pero logré salvar la óptica y los papeles!», me decía ufano y contento. En otra ocasión, sentado en una roca con el telescopio, fue a apoyar su mano a 15 centímetros de una víbora hocicuda que, por fortuna, no le picó; el ofidio se marchó sin que Fidel José cambiara de posición ni dejara de mirar por el telescopio. ¡Cuántas de estas anécdotas se habrán quedado en los amplios palacios de su memoria sin que ninguno de nosotros las hayamos podido escuchar!

Fidel José conservó en su corazón indecibles secretos que le regalaron los páramos y las cárcavas de esas tierras llenas de belleza y de matices. Las innumerables horas que pasó en completa soledad, en compañía de los buitres y las águilas, los búhos reales y los corzos, los jabalíes y las culebras, tostado por el sol, con barba poblada y casi sin poder lavarse, solo perfumado con la fragancia de las plantas aromáticas cuando las rozaba al pasar, fueron estructurando su más profundo ser en una caja de resonancia de toda clase de tonalidades de la naturaleza y del alma humana. No solo se acendró su capacidad de ver, sino la sensibilidad ante sus semejantes, en especial las gentes sencillas de los pueblos y los pastores, quienes le invitaban a cenar y le tenían reservadas sorpresas que agradecía hasta aburrir. Cuántas veces le habré oído decir: «Esto es precioso, nunca está igual». Daba la impresión de que lo contemplaba por primera vez, con el asombro de un niño capaz de ver belleza donde los adultos no pueden.

En su obra de 1925, Los Quinteros y otras páginas, Azorín imita a Lope de Vega en una página memorable. Dice en ella que si los árboles de los jardines son hermosos más lo son los libres y, todavía más, esos chopos de Castilla que se levantan solitarios en medio de la llanura parda o —añado yo— los que serpentean un río como el Riaza a lo largo de su cañón calizo; poseen una expresión y una fuerza que su misma soledad les da. Toda la melancolía de la llanura se concentra en ellos. Sus hojas temblequean, delicadas y finas. La llanura triste, las casas pobres del pueblecito, parecen excusarse con nosotros en esos chopos […] allí están sus chopos para nosotros, para que perdonemos a la llanura su tristeza y al pueblecito su humildad. […] Y mientras levantamos la cabeza, los contemplamos en silencio y desde la lejanía remota de nuestros antecesores […] nos sentimos profunda y dolorosamente conmovidos. Castilla, en este momento, ha sido revelada para nosotros, ante estos árboles modestos, mejor que con la magnificencia de sus monumentos gloriosos (OC IV, 674).


[Pie de foto página 3]: Fidel José Fernández en las Hoces del Riaza, en una de las visitas del Curso sobre Buitres que organizó Fidel José para la UNED en Ávila (julio de 2001). Fotografía de Pablo Pérez.


Doy fe de haberle escuchado a Fidel José infinidad de vivencias como la señalada por el maestro Azorín con tanto lirismo. Daba gusto asistir a su relato lleno de sereno entusiasmo y con tanto candor. Él mismo había conseguido con los años esa actitud lírica ante la vida, que no es una mera cuestión literaria frente a lo prosaico, sino una forma de ser, un talante vital, una configuración del ser del sujeto por la que se percibe misterio en todo. El corazón hermoso y bueno de Fidel José era capaz de aunar esta actitud con el rigor del genial matemático que fue. Se le habían afinado de tal modo las puertas de la percepción que era un festival verlo describirte los nidos de buitre leonado de La Catedral, una de las peñas más hermosas del Refugio de rapaces de Montejo, donde los demás no veíamos nada, con su número y su historia, pues muchos habían sido utilizados por el cuervo o habían sufrido toda clase de percances que te relataba de memoria con pelos y señales.

Recuerdo que, con motivo de una expedición ornitológica a las junglas de Costa Rica, en julio de 2016, lo que me permitió conocer de primera mano la avifauna neotropical: los quetzales, tucanes, colibríes (logré ver más de 30 especies), tangaras y un sinfín de pájaros exóticos, mantuve una interesante conversación al respecto con Fidel José, tanto antes como después de ese viaje memorable. Se alegraba en el alma de que pudiera vivir semejante experiencia y estaba deseoso de mi regreso para que le contara todo lo que había visto, pero no lo cambiaba por un atardecer en el páramo de Montejo y por la profundización en ese pequeño rincón de la piel de toro. En una de nuestras interminables caminatas juveniles de observación por el Refugio, me contó Fidel José en una ocasión que le había preguntado a Félix Rodríguez de la Fuente cómo se veían más pájaros, si sentado en un escondrijo o caminando a lo largo de un transecto y que el añorado doctor no se decantó por ninguna de las posibilidades. Su gran amigo el belga Daniel Magnenat, que viajó por medio mundo en busca de pájaros, no se movía más que en un terreno muy pequeño donde esperaba maravillosas epifanías ornitológicas, fuera en la India o en África, en la tundra ártica o en el páramo montejano. Con esa técnica logró fotografiar a la esquiva alondra ricotí con sus pollos, en un testimonio gráfico de una importancia científica sin igual. Fidel José fue de una fidelidad inquebrantable a Montejo. Nunca lo tentaron propuestas de viajes a zonas remotas del planeta, como Sudáfrica, por más que le insistieran, pues ello supondría dejar su amado Refugio sin datos por una temporada. Una vez más su perseverancia mantenida a lo largo del tiempo, inasequible al desaliento.

Cada día que pasa veo con más claridad que Fidel José ha sido un claro exponente del ideal griego y cristiano de la belleza-bondad (kalokagathía) y, por ello, un fiel buscador de la verdad, inseparable de lo anterior. Creo que personas así son un regalo del cielo y de la vida, y que su desaparición revela la hondura de su valor y la suerte que hemos tenido de compartir un tramo largo de nuestra existencia con él. Ojalá que llegue a buen término el museo que guarde su legado en Montejo de la Vega, como el espléndido mural que decora las paredes aledañas, obra del artista Nano Lázaro, donde se le ve en el gesto tan suyo de anotar en su cuaderno de campo, junto al rostro de su querido amigo el guarda Hoticiano.

Pedro Rodríguez Panizo

Publicado en la revista Argutorio Nº 55 I semestre de 2026

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